Autor: José Enebral Fernández
Llámenlo como quieran porque ya saben a qué me refiero: a seminarios o workshops desarrollados en una sala para alrededor de 10-15 participantes, sea o no en régimen residencial, pero típicamente en jornadas completas. A mí me parece que éste ha sido el método-rey en los buenos tiempos, aunque quizá más que contribuir visiblemente al aprendizaje de habilidades directivas, haya contribuido a los otros propósitos ya mencionados. De modo que, si quisiéramos elevar su eficacia (todavía pensando en Kirkpatrick), algo habría que hacer con la formación en aula. Mi impresión es que, a menudo, la solución con que se encuentra el participante en el aula, poco tiene que ver con la necesidad que transmitió, si transmitió alguna. Creo también que a veces se pasa al proveedor un problema que debió resolverse internamente en la empresa. Todo esto es muy complejo y no cabe en este artículo, pero, en general, la formación en aula tiene que sintonizar también mejor con las expectativas, si no las necesidades, de los asistentes. Nunca he sido partidario de convertir las aulas en guarderías para adultos, y ahora menos. Yo creo que habríamos de pasar de los workshops-guardería de espíritu festivo, a workshops de alta densidad o workshops mayéuticos; o sea, a una participación... distinta. En lo que se refiere a la supuesta guerra de métodos, he observado cómo algunos proveedores que se etiquetaban con el e-learning han hecho transitar su imagen a la de “consultores de formación”, quizá para ofrecer soluciones blended que combinen aquél con la formación en aula. Tal vez el lector piense, como yo, que la formación en aula –tanto para reducir su duración y coste, como para asegurar su efecto– se puede acompañar de lecturas y ejercicios facilitados por Internet o por las intranets; pero esto podría verse como blended o como mera formación en aula con apoyos y complementos varios. Son los contenidos –creo yo– los que determinan la idoneidad de los métodos y sus combinaciones, y luego se elige lo mejor dentro de lo posible. Refiriéndose al blended, el Director de Desarrollo y Formación de Telefónica de España, Carlos Pelegrín, sostiene que los proveedores que son buenos en e-learning no lo son tanto en formación presencial, y al revés, por lo que uno iría directamente a la formación en aula, con los apoyos, on line u off line, convenientes. Considerando además el rechazo generado por el e-learning en sus usuarios, pensaría en combinar el aula con apoyos como el coaching (mejor si genuino), las lecturas de interés, el feedback de buena fuente, la reflexión individual o compartida, etc. (Aprovecho aquí para recordar que este mismo directivo de Telefónica parece relativizar también la contribución de los contenidos al aprendizaje on line, y prefiere los contenidos de calidad media a los contenidos excelentes, de modo que el debate está abierto). Ciertamente y volviendo al aula, no conviene dejar aisladas las acciones formativas presenciales porque sus efectos se diluyen. Las empresas lo saben bien, y suelen asignar a los directivos senior la tutela del aprendizaje de los más jóvenes. No es que la cosa funcione siempre bien, pero el hecho es que el aprendizaje o desarrollo de los jóvenes debe ser continuo y someterse a algún seguimiento tutelar; para ser más precisos, debería estar programado desde una inicial etapa de autoconocimiento multidimensional hasta una etapa final de constatación del avance y de sus consecuencias, referido el ciclo a cada competencia del perfil. Es mucho más fácil de lo que parece, y no resta, sino que incluso suma, atención al trabajo cotidiano. En definitiva, creo que el postulado blended-learning pasa por la formación presencial en aula, e incluso por las intranets, pero no necesariamente por el e-learning (tal como lo conocemos). Pero vayamos ya a otro método.
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